-Este dinero no es mío- le decía al Chico. Ve y consíguete a otro cabrón para este trabajo, yo no quiero. No, con niños no se juega. ¡No chingues, los vamos a matar a todos!
Chico no salía de la sombra, de donde emanaba horizontalmente el humo de su Delicado.
-Ya dime que no les van a hacer nada, qué no te das cuenta, estamos hasta el cuello, nos van a agarrar, saliendo de este pinche almacén, saliendo a la calle a quitarnos la cara de perro. ¡Miguel!.
-Eres un cirquero, no me llames Miguel, yo soy Chico. El nombre me lo dio mi madre, y ella ahora está muerta.
-Por cabrones como nosotros, no chingues Miguel, vámonos de aquí, sube a los niños a la camioneta y los dejamos en alguna plaza, y nos vamos a Loma Serrana.
-Allá viven los delincuentes.
La luna ya estaba rasgando la parte más rota de la ventana, el almacen estaba muy callado, los niños dormían.
-Ya hasta nos pagaron, no podemos hacernos pa'tras.
-Miguel, vámonos, hazme caso, yo sé lo que te digo. Por favor, no sabes, podríamos salvarnos todos. Los niños.
El Chico no tenía ganas de hablar, cogió un pedacito de madera y lo empezó a tallar con su navaja. Chico miró al Gengibres, como si no pudiera contener las avispas de su cabeza, ya no quería escuchar la voz del Gengibres, de gansos que se abrumaran en una sinucitis perene, incansable, cláxon de gripa. Chico giró su silla raída, antaño de oficina.
-Ni sabes qué hicieron, los tales niños. Ellos fueron quienes mataron...
Se oyó un tiro, luego otros dos, seguidos. Gengibres parpadeó cuando la pólvora estalló en su cara. Gengibres tenía un gran hoyo en la cabeza. El Chico comenzó a babear y a reirse.
Los niños se habían desatado. Voces graves y confundidas jadeaban palabras, apenas inteligibles por los secuestradores que adornaban el suelo.
-Tu madre se lo merecía.
Siempre es un deleite pasarse por aquí. Ya extrañaba tus cuentos. Eres una inspiración para muchas de mis letras. Escribes mamalón.
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