Había algo en la mirada de la virgen que colgaba en la puerta que no me gustaba. Como si hubiera olvidado apagar la estufa desde hace muchos años. La casa tenía mucho de grasienta, el aire te hacía desear un pañuelo con ferviente devoción. Las ollas tenían carbón -o algo más oscuro- al fondo. La casa olía a conservas de la Segunda Guerra Mundial. "Esto es lo único que nos queda", me decía la anciana, con los dedos al igual que esos frijoles que decidieron hundirse más en la olla más honda. El agua que contenía era el retrato fiel de una tina del trapeador muy sucia. Echó a flotar ahí los cominos enteros, que eran cadáveres aromáticos. La anciana cortó de un tajo la pata de pollo que tenía bastante tiempo en la tabla de madera. Deja de husmear, me decía su mirada con tres cabellos colgando sobre la frente. A qué viene, joven. Yo nada más la miré, mi garganta se preparaba para hablar, pero tosió fuerte. La contuve. De nuevo el nudo. Luego la tos. Frenéticamente. Salí corriendo de la casa.
En cuanto dejé de toser me hallé varias cuadras lejos de la casa. No se veía a lo lejos, era la hora del crepúsculo y el morado de las sombras comenzaba a lamer toda la avenida, como si fuera régimen cromático.
La tienda de don Juve estaba prendida, como iluminada por velas. Le pedí una bolsita de frijoles. Fueron los más deliciosos de toda mi vida. Sin embargo, soñé que se quemaban dentro de mi cuerpo.
Me gusta mucho lo tuyo.
ResponderSuprimirLeo poco a poco a la escritora Magnolia.
Gracias por dejar que torpes como yo aprendan.
Me puse como seguidor. Te espero como seguidora si así lo crees. Es más fácil encontrarse.
Un beso