El retrato hablado de lo perdido y su latencia
La calle estaba igual que siempre, plana, árida, expectante. Los postes de luz mercurial ostentaban algunos anuncios, entre ellos, el de un perro perdido. El perro se llama Bohn, los dueños escriben esto en mayúsculas y añaden bajo la fotografía impresa estas palabras: ‘Si lo encuentra háblele por su nombre, es un perrito muy obediente y tierno, está enfermo, favor de llamar a este número…’
Existen muy pocas posibilidades de encontrar lo perdido. Cada día vamos dejando una piel, cambiamos conforme los pasos avanzan. Tengo que decir que este anuncio me enterneció, descubrí que hay mucho de literario en un anuncio de perro perdido. No sólo podemos inferir que el perro en cuestión fue criado por esta familia, abrazado como uno más o, incluso, como única compañía del dueño en cuestión. Estos anuncios forman parte del duelo y despedida a un ser que ha desaparecido, nos queda la evidencia de su añoranza en un poste, sin firma ni forma; es casi una carta al mundo para dar fe de cuánto se le extraña, de que se ha perdido una parte de su corazón. Faltaría añadir, con pluma: ‘Lo esperan en casa, hace falta’
Desde tiempos remotos el ser humano se ha acompañado de animales, de objetos, de recuerdos, como testimonio de su propia existencia. Más que eso, la compañía de ellos en su andar por esta vida es indeleble; lo que nos deja o abandonamos siempre permanecerá como parte de lo perdido. Ya sea en la infancia o en la vejez, toda la vida está marcada por aquellas cosas amadas y perdidas. No puedo decir que las seguimos buscando, incluso después de una derrota evidente, pero una breve latencia de ellas sigue acompañándonos, estamos curtidos en soledad. Quizás no encontramos al perro perdido, pero a veces, en las tardes trémulas, le escuchamos rascar la puerta.
Me gustó.
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