lunes 18 de julio de 2011

Ernesto y su entretenimiento

Salió de clase más deprisa que los demás con la urgencia de los precisos sesenta minutos sin sostener un cilindro de papel en sus labios secos, rellenito de tabaco del bueno. Nadie estaba cerca ni lejos, en la verja de hierro que circundaba la escuela.  El conserje le sonrió, con la complicidad de las pornografías recién leídas sobre vaqueras y el chisguete de licor barato.
-Nada más te doy dos minutos, sino te voy a cerrar la puerta.
-'Vaya frío hijoepú' gritó Ernesto, como un chanate que se purga de la muerte.
Se sentó junto al poste que babeaba de melcocha, encendió el bendito cigarrillo, cómo se sentía bien esa destrucción cotidiana, ahogo para los pulmones, los poros de la piel se cerraban como cantina en Jueves santo. Los ojos se le enrojecían, culparía al viento, a la escuela que nunca era suficiente y que nunca resolvía sus preguntas. Nadie lo supo, tampoco el sacerdote, preguntarles a sus padres sería el suicidio intelectual. Él quería saber de dónde venían esas ideas, si la mente estaba dentro o podía flotar en el espacio, quería saber si los árboles tienen memoria, y si la tienen, por qué insisten en florecer todas las primaveras. La clase de filosofía no resuelve nada, todo lo complica, lo comprime en palabras de raras grafías, lejos de la ontológica sencillez de la vida. Ontología, eso quiero estudiar cuando salga de este cagadero.
-Dos minutos, cabrón... ¿Por qué la cierras?
-Ya te pasaste seis, le voy a cerrar.
El conserje temblaba y la verja hacía chirridos como de ave viva frita en aceite. El chanate voló lejos, se le quedó mirando, luego sonrió.
-No quería entrar de todas formas, voy reprobando matemáticas, no me interesa. Lo peor es que pocas cosas lo hacen.
-Me das un cigarro, pues.
-No, cabrón, me dejaste afuera con este hijoepú frío.
-No digas eso, pareces maricón.
-Bésamelas, pendejo.
Seña obscena y consecuencia de la risa, una tos que parecía interminable.
Un camión pasó enfrente de la escuela, de esos de carga. El muchacho de la gorra roja y estúpida sacó su mano del guante y estiró el pulgar verticalmente. Llévame, bastardo. El camionero se detuvo. Tenía una cara de Santa Claus mal esculpido, tan polvorienta como la navidad. La barba le llegaba al ombligo y cubría su pecho desnudo, el muy imbécil sólo traía puesto un chaleco de piel de camello.
-Súbete pues, la otra puerta no sirve.
-Ernesto.  le dio la mano sin guante, que se entumecía. La mano del camionero estaba rojísima.
-Yo también tengo frío cuando me bajo del camión. Una bromilla, brother. Simón del Desierto.
-¿Así te llamas? No te creo
-Cuando se anda en carretera no se tiene nombre, es lo mejor para salir de un lugar, para no volver.

Pasaron por un páramo de vacas muertas. No le dio importancia, nada lo tenía, 'déjame en algún pueblito que no conozca'. Era noche porque anochecía apenas a las cinco de la tarde.
-Qué frío, Hijoepú.
-No, ya no hace.
Las manos de conductor se notaron muy rojas de repente, apretando el volante con una agresividad creciente. Las ventanas reflejaban un malva desteñido, como los calzones de Nancy hoy en la mañana, casi se da cuenta, en el baño se me agitó la respiración, se me desfiguró la cara, probablemente su boca, esa boca, era más tibia que lágrimas de monja en el atardecer, más dulce que una mora que no se ha estrellado en el suelo.
-Ojala tuviéramos algo de qué hablar.
-Oh qué pasó, si lo tenemos. ¿Te gustan las cachondas? Tengo algunas por aquí en este cochinero, esas sí están redonditas sabrosas.

Nancy tenía una forma de caminar que parecía ir cogiéndose al mundo. Ni ella lo sabía, era una pendeja bien hecha. Una vez subió el pie al asiento para abrocharse el zapato, yo estaba tirado en el suelo, me imaginaba el cielo que estaba sobre el techo, sus constelaciones. Y no quiero regresar a ese pueblo de mierda, no lo haría, tampoco por Nancy con los calzones en los tobillos. Ni siquiera por ese lunar que llegaba casi a sus olanes, ese día del techo cielo suelo. Este camionero no lo entendería, quizás haya un camionero que le guste pensar.

-Bájame aquí. Gracias por todo, pero sobre todo, por el silencio.
-Oh, pues de nada. Gracias por la nada, también.

El lugar parecía ser una parada de autobuses en medio del desierto. Las gallinas se picoteaban a lo lejos, podía escucharlo. Lo que daría por seis metros de asfalto, algo que esté adherido al suelo, que no se levante con cualquier suspiro del viento siempre limpio, porque no se queda nunca, porque no termina de irse.
El frío ya era insoportable, entre polvo y sequedad. Los ojos de Ernesto tenían la severidad del horizonte.
Una anciana se acerca a punto de caer sobre la surreal banca de acero, como ya dije, en medio de la nada. La vieja traía un pescuezo de cócono en la mano. se cayó al suelo como un bulto. Ernesto se acercó y le movió los tobillos con el pie, a ver si se levantaba, a ver si estaba muerta, a ver si tenía algo que decirle, algo que contar.
La anciana le extendió el pescuezo abrió los ojos como esfínter que decae, que se entrecierra.

Ernesto comenzaba a entender que las cosas estaban ahí para su entretenimiento.
 

Decidió volver a casa en el siguiente autobús que pasara, con cualquier camionero pervertido, en el bolsillo cargaba los Malboro y el pescuezo, también el catarro más cabrón de la historia de los imbéciles hitchickers.

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