Para José Silveyra
Los dedos salivados se encaminaban
a apagar mi desvelo sostenido,
los mismos dedos que llevaron el deseo
a cerrar tus labios antes de decirme
las letras que empezaron todo.
Aprisioné tu ser entero en mis paredes
Tu silueta, fraguada por algún rumor marino
no pensé que podía invocarte
en el silencio, roto de cadencia.
Nunca soñé en conocer a alguien como tú
Fue negar el sueño
No más volutas de humo figurando tu voz
Nunca más la llaga en la pupila ausente
Ahí estabas, dibujándome
un eclipse colmado de licores y cerezas.
Sembraste duda, desconcierto, sabores
Que –pensé- sólo existirían en el Paraíso.
Este pensarte, secreto de mis horas.
Me suelto los ojos, el cabello, las ropas
hacia la música de tu cuerpo sobre mi piel
De tus ojos desde los míos,
Tus labios en mí.
Desnudos, como enigma de sándalo,
presos de tanto vacío.
Aún en esta calma, sentir urgencia de ti
de las sábanas que te adoran
como mis piernas temblando,
como tu sombra entre mi sombra.
Ven ya, quítame esta poesía de encima.
Y vaya, que no soy poeta.
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